Era de noche, y sin embargo llovía una extraña luz en forma de pequeñas gotas de un blanco luminoso unas, de un millón de colores otras.
Se preguntó dónde estaba, pero todo era oscuro y confuso, todo, excepto los extraños destellos que llenaban su mente de fogonazos que tardaban demasiado en desaparecer.
Intentó recordar qué estaba haciendo antes de la aparición de las luces, pero no fue capaz, y de repente, quizá espoleado por el esfuerzo, apareció el dolor de cabeza, y las gotas de luz se convirtieron en diminutos cuchillos de luz que le traspasaban la conciencia llenándole de un indescriptible dolor.
Se llevó las manos a la cabeza para mitigar el sufrimiento, y fue entonces cuando descubrió que esa misma luz que le taladraba no iluminaba sus dedos, y empezó a sentir un miedo sordo y frío, que se le fue extendiendo desde la punta de los dedos por el resto de su cuerpo.
No podía distinguir las manos, y lo que es más, por mucho que se tapaba los ojos, la intensa luz persistía hiriendo sus sentidos, e intuía que eso no podía ser nada bueno.
Pensándolo mejor, y esforzándose en ignorar el dolor, recordó que lo último de lo que tenía clara constancia era de estar conduciendo su moto, una gran máquina de la que estaba muy orgulloso, pero era de día, un día muy soleado además, entonces, ¿por qué no veía más que esa oscuridad rota por rayos de dolorosa luz?
El pánico se apoderó de él e intentó frenéticamente moverse, pero algo lo tenía apresado, un peso enorme le impedía respirar en profundidad, detalle del que acababa de ser consciente, notó como su corazón empezaba a bombear demasiado rápido.
De repente a su lado apareció una extraña luz, diferente de las primeras que había visto, fijándose mejor, esa luz tenía una vaga forma humana, y a diferencia de las otras, no hería su maltrecha mente, sino que le reconfontaba de una manera indescriptible.
La figura desprendía una luz azulada, que de vez en cuando se perfilaba con un halo anaranjado.
No sabía quien ni qué era, pero una cosa sí sabía, no quería que se fuese, había traído esperanza a ese lugar donde se encontraba.
Fue consciente de que le quitaban el peso de encima, y de que por fín podía respirar a fondo, aunque ahora volvió el dolor, esta vez diferente, aunque lo acogió con alegría, si le dolía el cuerpo... debía ser porque estaba vivo... verdad?
La figura se acercó a él, y cogiéndole de la mano le dijo: "No te preocupes, ya estamos aquí, y no vamos a dejar que mueras, ahora, quédate quieto mientras te inmovilizamos el cuerpo, si lo has entendido, apriétame la mano"
Y con las últimas fuerzas que le quedaban, justo antes de caer inconsciente, apretó aquella mano.
Ah... llega un poco tarde, pero es que estaba enfermita...
Publicado en spaces el 11 octubre 2006