De sus manos resbaló una caja de galletas haciendo un ruido sordo al chocar contra el suelo, aunque ella apenas lo oyó, tan horrorizada estaba por el estruendo.
Correr al refugio, correr al refugio, no podía dejar de pensar en ello, pero como muchas veces antes le había pasado, sus piernas se negaron a moverse, dejándola clavada en la trastienda de su pequeña tienda de alimentación, con los dedos crispados aferrados a los anaqueles de madera pulidos por el uso.
De fuera se oía a la gente correr entre gritos ahogados, aunque no tantos como las primeras veces que los alaridos de las alarmas antiaéreas habían roto la tranquilidad de la ciudad.
No estaba en la calle, pero podía imaginar las caras de las madres que apretaban a sus hijos pequeños contra el pecho mientras intentaban calmar sus sollozos descontrolados.
O el de los ancianos, donde se escondía un terrible vacío, el de aquellos que saben que el fin está cerca pero esperan una muerte más tranquila que morir aplastados por sus propias casas en un bombardeo.
Veía las caritas infantiles, que en medio de su bendita inocencia saben que existe un peligro real, mucho más grande que las sombras que los acechan por las noches bajo los colchones.
Podía imaginar todo eso, pero sus piernas se negaban a moverse, y las sirenas seguían sonando.
Apretó los ojos un momento e intentó concentrar todas sus fuerzas en una sola cosa, salir corriendo.
Entonces por todas partes empezaron a explotar bombas, y solo pudo arrastrarse hasta una esquina y taparse los oídos con fuerza intentando alejar de su mente el horror, mientras edificio tras edificio sucumbía a las explosiones.
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Publicado en Spaces el 26 diciembre 2006
